11 nov. 2010

The Antlers, o el rojo de la desolación


The Antlers existió antes de Hospice y seguirá existiendo tras él, pero lo cierto es que su nombre quedará ligado para siempre con ese arte rojo, desolador, casi la antítesis de la pasión, enfermo, invadido con unas manos blancas, tan distantes y frías y a la vez tan reales. Una portada sobrecogedora que en ningún momento narcotiza ante el espectáculo que ofrece una vez te vas adentrando en él. Un espectáculo tan brillante como desesperanzador.



Hospice es el nombre del álbum que descubrió al mundo una verdad irrefutable: The Antlers llegaba para quedarse y Peter Silberman había realizado, sin ningún tipo de duda, el mejor trabajo de 2009. Silberman, que tras dos proyectos en solitario reclutó a Michael Lerner y Darby Cicci y se mudó a Brooklyn, ha concedido que el álbum se fraguó tras una periodo amargo de su vida, tras una ruptura con su novia que desembocó en un año y medio de profunda depresión en su nuevo apartamento de Brooklyn, el laboratorio donde se fabricaría Hospice. Allí fue donde se hizo un retrato de sí mismo y de su relación, mediante una sobrecogedora analogía con un chico que vive el proceso de la muerte de una niña con cáncer de huesos en un hospital de Nueva York. ¿Suena jodido, no? Pues escucharlo es peor. Pero no nos confundamos, no resulta un ejercicio desagradable de sadismo, sino una obra estupenda que recoge una amalgama de emociones de la que pocos trabajos pueden presumir.

Pero pese a lo que pueda parecer, Hospice no es un ejercicio absolutamente depresivo. Hospice es el relato de una caída en la que, por momentos, se frena en seco para seguir cayendo instantes después, con momentos de una fuerza desgarradora como en “Sylvia”, donde Silberman homenajea a Sylvia Path, muerta tras meter la cabeza en el horno, recordando a los Arcade Fire de Funeral. Tras pasar por canciones casi susurradas junto a himnos del rock independiente como “Bear” y tras nadar y nadar para morir en la orilla de “Shiva”, apuntala la travesía con la acústica Epilogue, donde deja la que quizás sea la frase que mejor resume lo que es Hospice, un conjunto de todo lo que termina en nada. De lo que somos, en realidad. De un álbum que, en cambio, sí será eterno.

You're screaming, and cursing,
And angry, and hurting me,
And then smiling, and crying,
Apologizing.






2 comentarios >>:

For The Sun dijo...

Uff, sobrecogedor como mínimo. Me gusta, aunque soy más de escuchar música alegre para no deprimirme (bueno, no siempre). La historia es dolorosa y las metáforas que utiliza en sus letras para expresar su dolor, quizá más.

Un saludo

Adriano dijo...

La verdad es que es que yo por más que lo escuche y aunque ya casi me sepa cada acorde de cada canción no deja de sobrecogerme cada vez que me lo pongo...

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